Tres crisis nuestras.
El texto que sigue fue publicado en El Protagonista N° 9 en mayo de 2004, órgano de la agrupación peronista Protagonismo del Pueblo.
No hay cosas más sin apuro
que un pueblo haciendo la historia
A. Zitarrosa
Los argentinos conocemos sobradamente de inestabilidades y mutaciones, de las previsibles y de las repentinas. Nunca se sabe a ciencia cierta cómo comienzan, y mucho menos cuando terminan.
En general es difícil determinar el origen de cada crisis. Depende del punto de vista de quien analiza la situación o del nivel de causa que quiera seleccionar. En esta oportunidad nos quedaremos en la causa directa e inmediata de cada una de las tres que observaremos
La de 1890 tiene su origen inmediato en la gran especulación financiera que comienza hacia 1885/6, afecta a toda la sociedad, desacostumbrada a las crisis de la modernidad, y termina trasladándose al sistema político, en donde se unen en el reclamo quienes meramente quieren cambiar al gobierno y quiénes lo que desean es restablecer los aspectos morales del sistema.
Hay una revolución, cae el gobierno. Y la crisis no queda resuelta pues el campo popular siente que es apartado en la salida de la crisis. Comienza entonces una tensión que duraría hasta 1916: veintiséis años.
El pueblo enfrenta a la crisis de fondo con un estilo bien criollo: vacio y paciencia. Vacio en la abstención electoral y paciencia en los 26 años de espera, tensión y algunas revoluciones. Pero el resultado de la espera fue fructífero para la historia popular pues determinó los dos gobiernos de Hipólito Yrigoyen. Era impredecible el momento en que se iba a dar el resultado, pero no el mismo, pues fue construido pacientemente durante la espera. Fue resultado una construcción de poder acorde al nivel de la conciencia popular del momento.
Otra fue la crisis del 43. Esta fue precedida por un proceso de desestructuración social, política y nacional parecido al del 90, que duraría entre 13 y 15 años.
Quizá por corresponder a tiempos más dinámicos que los del 90 su resolución fue más rápida. El 17 de octubre descolocó al campo antipopular, y permitió la construcción del poder popular en escasos meses si no contamos al trabajo anterior de Perón desde el gobierno militar. Y aún así el proceso de construcción no habría durado más de dos años. También hubo un estilo criollo en la resolución del conflicto: una cierta improvisación, un fuerte gregarismo, y acaudillado por una conducción carismática.
La tercera es la actual. Por cuanto que estamos inmersa en ella es más difícil analizarla. No es claro desde cuando se viene dando, quizá desde 1976 cuando ya con ausencia de la conducción de Perón se instala el enemigo en el gobierno, quizá desde 1983 cuando Alfonsín se demuestra incapaz de sustentar un gobierno democrático, o en 1989 cuando el Partido Justicialista traiciona al pueblo.
También aparece precedida por un proceso de desestructuración social, política y nacional que quiere abarcar todo. Tampoco parece haber un camino claro para el pueblo, no se manifiesta claramente una conducción ni parece haber un carril de construcción de poder. Pero recordemos que Yrigoyen dispuso de un plazo que ahora pareciera no haber y que la crisis del 45 se resolvió inesperadamente en 15 días. En el primer caso el campo popular fue pacientemente organizado por Yrigoyen, ensayando revoluciones y aceptando sabiamente la oferta de Roque Sáenz Peña. Y en el segundo el conductor se pone al frente de un pueblo que si bien no estaba organizado si ya estaba ya amuchado y con más experiencia.
En ambos casos la conducción popular tuvo limitaciones. En el primer caso aceptando las reglas de juego del sistema y en el segundo actuando sin el contexto conceptual que elaboraría a partir de 1955 y que quizá bien le hubiera servido para evitar su caída,
Es difícil caracterizar al actual gobierno. Descoloca a quienes organizaron el modelo de los 90 subordinando la economía a lo político. No rompe con factores internacionales de poder pero parece aprovechar sus fisuras y diferencias. Hasta ahora no parece manifestar una propuesta económica muy clara pero ciertamente el sector financiero ha perdido algo de su preponderancia anterior y la situación no parece desembocar en una crisis como la del fin de los gobiernos radicales de Alfonsín y De la Rúa. No se incrementa rápidamente el nivel de empleo pero parece apuntar lentamente a la mejora de su calidad. Siguen presente muchos de los personajes que han sido importantes en los 90, pero los principales han quedado al costado y los demás parecen verse obligados a cambiar de postura y lenguaje.
No es claro saber si corresponde a una transición, posiblemente tenga la voluntad de serlo, Es admisible suponer que esté abierto a admitir la presión de la realidad orientada a un cambio en algunas relaciones de fuerza, desde donde sea posible replantear ejes más importantes que los admitidos en los últimos tiempos. También es posible que desnudando algunos sentidos y prioridades se ordene y aclare la discusión política y pierda mucha de la irracionalidad a que ha sido llevada desde 1983.
Por ahora sabemos que no todos los amigos del gobierno son nuestros amigos, también parece que muchos de sus enemigos son nuestros enemigos. Sabemos que las crisis anteriores se resolvieron en muy diferentes maneras, pero en ambos casos estuvo presente la voluntad de construir un poder muy vinculado al estado de la conciencia popular.
Es una base, no sabemos si suficiente, pero si sabemos que los pueblos escriben derecho en renglones torcidos y no desperdician nada de su historia. Todo lo convierten en experiencia y conciencia.
Lizardo Sánchez
Córdoba, 2004
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