Uno de cuatro retazos

Publicado en el libro Bicentenario de la Revolución de Mayo y la Emancipación Americana editado por el Instituto Superior Dr. Arturo Jauretche, Merlo, Provincia de Buenos Aires, año 2010.

Uno de cuatro retazos

De hacer el esfuerzo de imaginar cómo veía a su tierra unos pocos días antes de la revolución de mayo un hombre ilustrado del interior profundo de lo que hoy es  la Argentina, seguramente nos sorprenderíamos.

No le llamaba la atención que Juan Fermín de San Martín, oficial del ejército español nacido en la Banda Oriental, prestase servicios en Filipinas, ni que su hermano misionero José Francisco estuviese haciendo su carrera militar en España o Argel. Le era cosa natural que el virreinato en el cual vivía hubiera estado gobernado por un Vértiz nacido en México y que recientemente el guatemalteco Rocamora hubiese fundado las principales villas de lo que hoy es Entre Ríos. Pues miraba como cosa propia a lo que se extendía desde Filipinas y California hasta Malvinas y Fernando Poo.

Mestizo de dos mundos llevaba en si la conquista como conquistador y como conquistado. En su conciencia estaban el tincunaco, las guerras calchaquíes y con el portugués, Mobororé, los asaltos de piratas, la conquista de la Colonia del Sacramento, la colonización de Malvinas, el alzamiento de Tupac Amaru,  y la recepción de Fernando Poo de manos de Portugal, el rechazo a las recientes invasiones inglesas y la memoria de los viajes antárticos en busca de cueros y aceites. 

En sus entendimientos guardaba mucho del antiguo Tahuantinsuyo o de la tierra sin males guaraní. Vivía entre una población morena, aindiada en el norte, con mucho de africana desde Tucumán, Catamarca  y Corrientes hacia el sur. Su país inmediato, el reciente Virreinato, abarcaba desde el Titicaca hasta Malvinas, desde Cuyo a las misiones del Río Grande y mas allá la africana Fernando Poo.

Veinte años después nada de eso quedaba. Su tierra se había partido en cuatro retazos. El Paraguay aislado a la defensiva de los porteños, Bolivia abandonada a su suerte, Argentina pensada desde Buenos Aires y la banda Oriental independizada por un documento destinado a reintegrarla a la Patria Vieja

Desde entonces toda nuestra historia se ha visto atravesada por la tensión provocada entre la búsqueda de una organización enlazada a su identidad contra la utopía acorde al pensamiento  racionalista proveniente de la tradición del despotismo ilustrado, a la que adhiere la clase dirigente del virreinato creado en épocas de Carlos III.

Guerra de policía mediante, luego de Pavón se implanta un sistema filosófico, ideológico, doctrinario y político tan ajeno como coherente, forzando una nueva sociedad. La aplicación concreta del sistema abarcaría la constitución, la codificación, la legislación, el edicto policial, el sistema electoral, el juez de paz, el sistema educativo, la propiedad privada de la tierra y la inmigración europea.

Este sistema se legitima en la idea de que nuestro pueblo era incapaz de toda capacidad  de sano albedrío. Priorizándose el sistema al hombre, este debía ser reemplazado para asegurar el sistema de libertad. De ahí que se abrieran las puertas al esfuerzo consciente del reemplazo poblacional.

Y es así como el sur se llena de habitantes que a falta de la memoria colectiva de lo que aquí había pasado se adscribe a los nuevos mitos fundacionales de la Argentina liberal, apareciendo una nueva forma de ser argentino, para quien sus mitos estructurantes no vienen del pasado, que debe ser ocultado y mejor si olvidado, sino que deben estar en el futuro, dando así dirección al andar. 

Estos mitos fundacionales según los cuales la libertad interna y la civilización eran bienes superiores al habitante existente, la identidad era un obcecado resto de hispanismo y una traba a la política deseable, que enfrentaba al mito del inmigrante civilizador, esforzado, austero, y trabajador, con el mito del criollo bárbaro, indolente, ocioso, malentretenido y pendenciero. 

Se invitaba a los argentinos nuevos a una épica del esfuerzo individual, con la que se intentaría sustentar la identidad genérica de los nuevos habitantes. Se explicó al país en clave de crisol de razas con un prometido progreso lineal y permanente, se ignoró todo lo anterior a mayo de 1810 y a no menos de la mitad de su población. Mucho de ello queda aún en el imaginario representativo de nuestras clases medias.

Pero ese hombre del cual comenzamos hablando conocía de primera agua por los relatos familiares la historia de la patria, la entera y la local. 

Las dos argentinidades tardaron mucho en encontrarse. Aún no han completado ese encuentro. Una respaldada en su memoria, la otra en una promesa, promesa tramposa por incumplible. Mientras una se amparaba en el pasado y la otra en el futuro, el presente era usufructuado por la oligarquía de mientras iba tomando forma la mas brillosa que brillante sociedad del centenario. 

Pero la mentira suele durar menos que  la situación que oculta y ayuda a que se junten los mentidos. El Movimiento Nacional que tanto Yrigoyen como Perón proclamaron que conducían fueron el espacio en donde ambas argentinidades encontraron un cauce común. Fue precisamente un hecho político el que permitió esa unificación, pues el hecho político, por ser naturalmente el que compromete y determina a toda la sociedad, es la síntesis superior del trajinar social. 

Mientras que el Yrigoyenismo terminó entrampándose en los mitos que sustentaban al sistema el peronismo los rompe irreverentemente, apareciendo como una creación popular urbana con fuerte presencia de valores culturales tradicionales, propios de la población criolla que desde tiempo atrás, migrando hacia Buenos Aires desde el interior no atlántico y los países vecinos se había convertido en el núcleo de la clase trabajadora. 

Oficiando de puente entre ambas sociedades fue fundante de una Nueva Argentina, la capaz de integrar en un cauce histórico común a todos los nacidos en nuestra tierra sobre la base de la rescatada identidad nacional.

Con el bicentenario a la vista conviene que de entre la bullanga de las modas tengamos en cuenta la antigua filiación del peronismo en los trabajadores y sus valores culturales, originados en la Argentina vieja, que en definitiva son los que le dan historicidad.

                                                                                               Lizardo Sánchez

                                                                                  Córdoba, 24 de febrero de 2010

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