La deshumanización del arte
Publicado en el N° 1 de la Revista “Dedalus”. Noviembre de 2006.
A ochenta y dos años
de su publicación, el texto del filósofo español José Ortega y Gasset es un valioso testimonio de un momento
singular en la historia de la cultura y además plantea interrogantes hoy
vigentes.
La vasta obra de José Ortega y Gasset abarca los temas
más variados y lo revela, más allá de su producción específicamente filosófica,
como un inquieto y curioso observador de los acontecimientos de su tiempo. Con
mucha frecuencia dedica su atención a temas de la literatura y el arte y esto
no es sorprendente si se considera el agitado clima cultural provocado por la
acelerada sucesión de vanguardias artísticas que surgen en la sociedad europea
de principios del siglo XX. Producto de este interés es un texto que podría
considerarse una referencia obligada en la moderna crítica de arte, como lo es
“La Deshumanización del Arte”.
Publicado originalmente en 1924 como una serie de artículos en el diario “El Sol”de Madrid, se convierte en libro
en 1925 junto con otros textos sobre temas artísticos y literarios. En él
Ortega desarrolla un análisis de lo que señala como un “arte nuevo” en
oposición al arte del siglo XIX, basado en la imitación de la naturaleza según
es percibida por los sentidos. Ante la ilusión de realidad, de espacio y
volumen, obtenida mediante los recursos de la perspectiva tradicional y el
claroscuro, los artistas del siglo XX se apartan deliberadamente de la visión
cotidiana del ser humano (de ahí “deshumanización del arte”. Deshumanizar, para
Ortega, es toda operación que altera
la percepción habitual y cotidiana del ser humano) y se lanzan a la aventura de conquistar un
nuevo lenguaje, lo que llevaría a la creación de un arte nuevo, independiente
de la referencia a la naturaleza. Es decir un arte autónomo, una obra cuya
fundamentación reside en sí misma.
En ese momento
singular de la historia occidental este proceso se da casi simultáneamente en
todas las artes. Si en la pintura los nombres son Picasso y Braque, en la
literatura surge la poesía de Mallarmé.
James Joyce y Marcel Proust destruyen la unidad aristotélica de tiempo, espacio y
acción en el relato. En música Debussy
es el encargado de erradicar la carga sentimental que impregna la obra de, por
ejemplo, un Wagner o un Beethoven. Eleonora Dusse se desprende del relato anecdótico del ballet
clásico a la manera de “El lago de los cisnes” para proponer la belleza del
movimiento de los cuerpos como el valor estético central en la danza.
Las nuevas ideas
filosóficas, los descubrimientos científicos y los espectaculares desarrollos
tecnológicos se relacionan íntimamente con esta explosiva ruptura de los
lenguajes tradicionales. Pocos años antes del nacimiento del cubismo, los
hermanos Wright dan un paso
fundamental en la conquista del espacio con el primer avión tripulado. La
conquista del espacio supone para el género humano un nuevo punto de vista para
observar el mundo (desde arriba). Y este acto de mirar desde arriba se
relaciona con el cubismo que superpone distintas visiones del objeto
desarrolladas en el lienzo en oposición a la visión en perspectiva que
establece un observador sobre un punto de la tierra mirando hacia el horizonte.
En filosofía, la fenomenología de Husserl
propone como método de conocimiento la observación del objeto desde
distintos puntos de vista. La posibilidad de viajar a tierras exóticas que
tienen muchos europeos gracias a los nuevos medios de transporte, trae
aparejado un cambio sutil. Los europeos se miran a sí mismos con la perspectiva
perturbadora que da el estar parados en medio de civilizaciones milenarias como
la china o la hindú. La autocomplacencia eurocentrista que glorifica la
civilización como propia y atribuye a los otros el atraso y la barbarie empieza
a ponerse en duda.
Volviendo a Ortega: el arte y la literatura del
siglo XIX funciona en estrecha sintonía con el gusto popular. Nada más
tranquilizador que confirmar la visión personal con la ilusión de realidad que
propone un cuadro naturalista o el relato lineal de una típica novela de la
época. Pero el arte nuevo, observa Ortega, no concede demasiado al
público común. El espectador de un paisaje tradicional puede experimentar un
goce basado en el placer de evocar ese bello paisaje. En cambio un cuadro
cubista, por ejemplo, no ofrece elementos para estimular ese tipo de
sentimientos “humanos”. Según Ortega,
para tener sintonía con este tipo de obra hace falta una sensibilidad muy
distinta ya que ahora el único goce posible se basa en las relaciones establecidas
entre los elementos plásticos (formas y colores). Es un goce puramente
estético, para el cual el espectador deberá desarrollar una capacidad específica
a fin de acceder a él. Es decir, el espectador también deberá ser un artista.
En el arte tradicional del siglo XIX, el hecho
artístico pone el acento en lo representado: cuenta cómo era el personaje
retratado, el paisaje, etc. El artista es poco más que un artesano que imita a
la naturaleza. Ya en las últimas décadas de ese siglo se precipita un cambio
que en realidad cuenta con antecedentes ( Giorgione,
a fines del siglo XV, si bien se mantiene dentro de los fundamentos del Tratado
de la Pintura de Leonardo Da Vinci,
introduce sutiles distorsiones debidas a su imaginación y sentimiento personal).
El arte de la modernidad transforma la naturaleza según la visión personal del
artista. Lo importante ya no es tanto la imitación sino la expresión subjetiva
del mundo interior del creador. Ahora, reclama su lugar en el hecho artístico
el receptor. El espectador, que hasta ahora era reducido a un papel pasivo,
ahora debe intervenir activamente compartiendo, en parte al menos, el proceso
creativo que se origina en el artista.
Ortega es, sin
duda, un precursor que señala esta nueva dimensión que a finales del siglo XX
habría de ocupar un lugar central: el hecho artístico se completa con el
receptor del mensaje, es decir, el espectador.
También rescata Ortega la dimensión lúdica de la
creación artística. “El arte es juego sin pretensión de trascendencia”. Se
refiere con ello a que el arte y la literatura decimonónicos trasmitían en
exceso una carga de mensajes con sentido
aleccionador e ilustrativo o, en el mejor de los casos, de ironía crítica o
denuncia social. El arte nuevo se desprende de esta carga que con demasiada
frecuencia cae en la pedantería y la grandilocuencia y se concentra en el juego
creador. Un juego que, finalmente, iba a estar muy lejos de la intrascendencia,
ya que estaba destinado a fundar nuevos lenguajes estéticos y a ensanchar los límites
de la conciencia humana. Lenguajes que eventualmente iban a conducir a una
nueva dimensión de libertad que permitiría, incluso, recuperar la referencia al
tema.
ALGO SOBRE ORTEGA Y
GASSET
Lejos de la imagen
del intelectual encerrado en su gabinete,
Ortega fue un apasionado observador y protagonista de los acontecimientos
políticos, sociales y culturales de la primera mitad del siglo XX. Su método
filosófico necesitó del diálogo y la polémica a la manera de los antiguos
filósofos griegos en el ágora. A la cátedra y el diálogo supo sumar el poder de
amplificación de los medios masivos, y de esto queda entre nosotros suficiente
testimonio con su producción periodística publicada en los matutinos La Prensa
y La Nación. Su presencia fue decisiva en el ámbito académico universitario
donde introdujo el interés por el pensamiento alemán (Husserl, Max Scheller, Heidegger) en contraposición con el
chato positivismo dominante. Sus textos, más que una exposición estructurada,
se asemejan a un discurrir en voz alta donde discute consigo mismo e invita al
lector a participar en el debate. Parte importante de su atención fue dedicada
a nuestro país, al que visitó en tres oportunidades. Al mismo tiempo que
declaró su entusiasmo por las potencialidades extraordinarias que advertía en
los hombres y mujeres argentinos, también supo señalar con clarividencia y
cruda franqueza (lo cual le valió no pocos sinsabores), las semillas de
carencias que afectarían la evolución posterior del país. Últimamente su obra
ha adquirido nueva vigencia a través de la relectura desde una óptica actual.
Existe en Buenos Aires una “Fundación
Ortega y Gasset” que trabaja en
este sentido y mantiene vinculación con la fundación homónima de España que
edita la “Revista de Occidente”.
UNA FRASE CELEBRE:
“¡Argentinos, a las
cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias,
de narcisismos. No presumen ustedes el brinco magnífico que dará este país el
día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a
las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de
vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias
espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad
mental secuestradas por los complejos de lo personal.” (José Ortega y Gasset. “Meditación
del Pueblo Joven”).
Guillermo Mac
Loughlin,
Buenos Aires.,
2006
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