La Argentina en la Patria Grande
El
siguiente texto fue publicado en la revista Peronistas para el debate nacional
N° 2 en noviembre de 2002.
RESUMEN
En este trabajo se llega a la conclusión que para encontrarle un sentido geopolítico a nuestro país es importante tomar en cuenta los criterios fundacionales atendidos por Carlos III cuando la creación del Virreinato del Río de la Plata, pues son los que dan sentido a una estructura política en esta región.
Dichos criterios son dos: La función de escudo defensivo del resto de Hispanoamérica frente a intervenciones mas o menos agresivas desde las regiones políticamente dinámicas del mundo, y el necesario acoplamiento de los dos modos culturales indianos existentes en Sudamérica para hacer posible una estructura política que sustentase a dicho escudo. Ambos modos se corresponden a las sociedades fundadas durante los Austrias volcadas al Pacífico y las fundadas por los Borbones sobre el Atlántico.
Si bien el curso de la
historia ha cambiado el riesgo, la ubicación de las posibles fuentes de intervención
y las condiciones de acoplamiento entre los dos modos culturales, tanto el agotamiento
de la experiencia de una Argentina Atlántica, la creación de vínculos de
confianza con el Brasil y la creciente regionalización del mundo parecen
orientarnos hacia la conveniencia de una recreación del sentido fundacional
previsto por Carlos III.
Las nuevas formas de riesgo
tienen tendencia a presentarse desde la organización económica, los modelos
culturales y la acción sicológica. Las agresiones actualmente se valen de
agentes locales como aliados internos de los centros de poder externos. El
actual acoplamiento entre los modos culturales es, en la Argentina, de
subordinación del ámbito social del Pacífico al del Atlántico, y en el conjunto
de Sudamérica este acoplamiento parece inexistente. Frente a esto en el antiguo
frente, el Brasil, encontramos un creciente asociado estratégico.
Muy probablemente los
modelos culturales españoles de América del Sur requieran para su articulación
un herramental que excede al meramente político-legal discutido durante el
siglo XIX. Al respecto, por tener la Argentina una historia cuyo eje manifiesta
singularmente la interacción entre los dos modos culturales en que se expresa
la ecumene española en Sudamérica, puede encabezar con mayor facilidad que
otros países la experiencia de articulación entre ellas. Cabe señalar que
nuestra vida política ha llegado a decantar en dos modelos movimientísticos que
parecen relacionarse directamente con ambos modelos socioculturales, el
radicalismo para el modelo Atlántico y el peronismo para la Argentina del
interior. .
Por esto nuestro país puede
asumir un papel de eje en la articulación de ambos espacios culturales
sudamericanos, transformando su antiguo sentido de escudo en eje. Para ello le
será necesario lograr la recreación de su sistema político, incrementando su
atención hacia sus componentes de identidad estructural en lugar de los
correspondientes a su identidad sistémica.
PRÓLOGO
El presente trabajo, hecho
a partir de una relectura de dos libros de Daniel Larriqueta: “La Argentina
Renegada” y “ La Argentina Imperial”, intenta explorar la relación existente
entre los aspectos fundacionales de la Argentina y su posible sentido
geopolítico, atendiendo especialmente las adecuadas condiciones a atender para
su establecimiento efectivo.
El autor mencionado
considera a nuestro país como un sistema compuesto por dos estructuras
fundacionales que a muy largo plazo tienden a la convergencia. En ese sistema
reside su identidad por ello habla de
identidad sistémica. Las estructuras fundantes son las ya mencionadas del
Pacífico y del Atlántico.
Dejando de lado, - por
estar respaldadas en criterios pertenecientes a una modernidad en cuya
construcción no hemos participado- sus aseveraciones sobre la capacidad
fundacional del herramental democrático, y su aceptación de la capacidad de
construcción de identidad por parte de componentes sistémicos, es digno de
atención su análisis acerca de los matices culturales existentes entre las
sociedades sudamericanas desarrolladas sobre el Pacífico y las que lo hicieron
sobre el Atlántico. Dichos matices, presentes desde su origen, perduran hasta
el presente y condicionaron rumbos históricos distintos. Otra idea interesante
del autor consiste en la percepción de la existencia de dos modelos de
identidad política, uno basado en la que llama identidad estructural de los
pueblos, y otro respaldado en los mismos sistemas políticos, adquiriendo así
estos la capacidad de crear identidad nacional: las sociedades sistémicas, entre
las cuales coloca a la Argentina independiente, vertebrada desde Buenos Aires.
INTRODUCCIÓN
Retrocedamos hasta el viejo
Reino de Indias. Esta magnífica construcción española de la cual somos
herederos tenía fuertes y muchos elementos comunes pese a que por su origen y
evolución hubo también marcadas diferencias regionales. Los tres siglos que
llevó su construcción significaron varias etapas: El Caribe, México, Lima,
Chile, el Paraguay y el Río de la Plata son las principales. España lo
construye desde las bases caribeñas, por Panamá se vuelca al Pacífico, y luego
vertebra su crecimiento a lo largo de los Andes con centro en Lima. El Río de
la Plata seria conquistado directamente desde el Atlántico y en un principio
marginal respecto del espacio peruano.
LA ESPAÑA DEL PACÍFICO.
Hechura de la España de los
Austrias, la Hispanidad del Pacífico se fue formando despaciosamente a lo largo
de tres siglos de aislamiento. Dueña de
su mundo, España se desplegaba desde Flandes al Río de la Plata y desde Lepanto
hasta Manila. El primer imperio realmente mundial. México y Lima eran sus
centros en América y el Pacífico era un mar español. Desde Lima construyó un
mundo alejado de la dinámica europea. Equilibrado y jerárquico, el linaje tenía
mas importancia que el mérito. Cada persona y cada institución tenían su lugar.
El límite a la jerarquía lo señalaba la eficacia y la supervivencia del débil,
a quien el Estado defendía. Intimamente vinculada a este, la Iglesia era
policía de costumbres. Y la necesaria autosuficiencia lo centró en una economía
productora de bienes.
Ese mundo forma parte de
nuestro país. Cuyo y el antiguo Tucumán, de Córdoba hacia el norte, tienen un
origen peruano que aún hoy es perceptible. Asunción, al fondo de la red fluvial,
por su aislamiento originaría una sociedad similar a la del Pacífico y daría
nacimiento a la sociedad de nuestro litoral norte
LA ESPAÑA DEL ATLÁNTICO
Diferente fue la historia
del otro frente del mundo español. Abierto el Atlántico a todas las influencias
mundiales, desde el siglo XVII sería el espacio en donde se desarrollaría el
nudo de la historia europea. En él confrontarían España. Portugal, Holanda,
Francia e Inglaterra. La historia del Caribe así lo demuestra, y prueba de ello
son las regiones que cambiaron de dueño: Jamaica, Haití, Trinidad, La Louisiana,
Belice, el Esequibo.
Esa tensión también se
daría en el Río de la Plata. En él se jugaron destinos importantes y con las
mismas potencias. Buenos Aires y Montevideo no estaban aisladas del resto del
mundo como las regiones del Pacífico, y en los hechos sus sociedades se van
conformando con relación al comercio de contrabando con los portugueses de Río
de Janeiro, por detrás de los cuales estaba Inglaterra.
Ante esta realidad Carlos
III acepta de buen grado el desafío y crea dos escudos: la Capitanía General de
Venezuela (1773) y el Virreinato del Río de la Plata (1776). Hechura de los
Borbones y la ilustración española, el genio abierto a las novedades propio de
su época se traslada a los nuevos estados.
La España del siglo XVIII
concibe sobre el Río de la Plata un espacio geopolítico capaz de enfrentar al
portugués y al inglés. Quedaría demostrado en las cuatro guerras con los primeros
y su expulsión final de la Colonia del Sacramento y con los segundos mediante
su desalojo de Malvinas, el rechazo a la invasión de 1762 y en las jornadas de
la Reconquista. Este espacio se integró con cuatro regiones con cultura del
pacífico: Cuyo, Córdoba, Salta y el Alto Perú, la aislada Asunción, y una con
cultura atlántica: Buenos Aires, a la que en un giro novedoso en la geopolítica
para Indias se le asigna la capitalidad.
La constante relación con
las principales potencias de la época a través de la guerra y el comercio, que
aunque ilegal le era necesario, su participación temprana en la economía
mundial, su larga relación con el mundo portugués y la falta de una nobleza
local hicieron de las de Buenos Aires y Montevideo sociedades abiertas,
dispuestas al cambio y a las novedades, en donde el mérito tenía mas
importancia que el linaje. Sociedades comerciales, sin interés por la
autosuficiencia económica ni por la jerarquía, mas secularizada que el resto de
la hispanidad, cómoda con el Despotismo Ilustrado recibido de los Borbones, el
que después aplicaría a los pueblos interiores.
LA INDEPENDENCIA
A inicios del siglo XIX,
por razones complejas, difíciles de desentrañar, pero que por darse en forma
homogénea en toda América denotan consistencia, tiene lugar una guerra que en
rigor ha sido una guerra civil entre españoles. Una guerra de secesión de las
Españas de Indias de la España Metropolitana. Ese enfrentamiento terminó siendo
acaparado por grupos de iluministas dominantes en cada región. Lo que para San
Martín y Bolívar tenía dimensión continental terminó teniendo estrechez
municipal. Es así como unos pocos mas leídos que el común, devotos, apenas
aficionados y amateurs de la cultura europea, hicieron de una nación múltiples
patrias.
Llegada la independencia,
separado del Alto Perú, del Paraguay y de la Banda Oriental, lo que queda del
virreinato tarda cincuenta años en resolver la tensión vertebral que incorporaba,
la integración de ambos modos culturales. Mucha merma territorial al escudo,
pero aún estaba presente su originalidad esencial: culturas del Pacífico y del
Atlántico integradas y estructuradas desde la sociedad atlántica.
Aquí aparece el hecho
singular de nuestra historia. Mientras que en general los nuevos países
americanos se iban conformando a partir de sus respectivas identidades
estructurales, la Argentina, dominada por su sector atlántico, optó por
organizarse en contra de su identidad estructural, usando para ello un esquema
racional orientado hacia la construcción del país deseado. El instrumento de
esa construcción sería su sistema legal y político.
Esta sería la clave de la
Argentina del Atlántico. Liberada de todo compromiso hacia el continente,
comenzó a desarrollar al máximo algunos aspectos de sus características diferenciadoras,
olvidándose que para tener sentido no se bastaba a sí misma. Le faltaba el
otro.
Ya poseedora del poder
económico político y militar, pero no del mayor peso demográfico, Buenos Aires
actúa consecuentemente con el Despotismo Ilustrado heredado: desde la fuerza y
el poder, mediante guerras de policía y obligando al interior a acatar su
sistema. Y crea un régimen político para todo quien quisiera habitar el suelo
argentino. El sentido, lo fundacional de la Argentina posterior a Pavón ya no
era una identidad, era un deseo racional vinculado a un objetivo futuro. El estilo del Atlántico privaría sobre el
todo, imponiendo su política, su geopolítica y su economía, excluyendo a las
sociedades del interior de matriz indiana. Con ello se establece un modelo de
país, con auge entre 1880 y 1930.
Una nueva sociedad se
implantó en la región. Si bien los ejes sociales centrales siguieron siendo los
de la vieja indianidad, todo lo demás fue reemplazado: Filosofía, ideología,
estética, leyes, economía, moda y población. Las reglas de juego fueron
sencillas. Unas pocas normas y un breve panteón de próceres explicaban la falta
de historia y oficiaban de substituto funcional de la cultura. Pareció exitosa.
Un nuevo tipo humano llegó hasta los últimos rincones de la geografía
atlántica, promoviendo una sociedad con sus valores: moderna, dinámica, racional,
abierta al cambio.
LA CRISIS.
Tan falsa sería esta
construccion que su historia terminó siendo la de su pertenencia al imperio.
Una sociedad basada en esquemas racionales provenientes de otras culturas o experiencias,
que reniega de sí misma negando sus raíces, que substituye a su cultura por
sustitutos, que evoluciona alienando su razón de ser, extrañándola de sí,
forzosamente debía ser una sociedad que duraría lo que iba a durar el marco de
sus alianzas, en este caso comerciales. Este proyecto se agotó entre 1930 y
1945.
Hacia el año 1930 el
liberalismo mundial entraría en crisis. Esto sacude las bases de la sociedad
creada desde Pavón. Se vería claramente en 1943 cuando nadie defendió sus últimas
expresiones. La Argentina excluida, que desde unos diez años antes había
reemplazado los inmigrantes de fuera por los de adentro, comienza a hacerse
sentir y a exigir su lugar. Se desnudó la endeblez de los criterios
estructurales de esa Argentina que hacía su cimiento en la negación de su
realidad. Se enfrentaron la identidad estructural del interior y el sistema
creado desde el Atlántico.
La dureza de quien está en
retirada se manifiesta desde 1955 en adelante. Desaparecen uno a uno los
valores de la racionalidad fundante y queda exhibida en soledad la estructura
final de esa Argentina: el interés económico, antes comercial, luego financiero
y aliado a los poderosos del mundo. La retirada va desarticulando todo: al
estado, la organización social, la legalidad, la legitimidad, los recursos y
finalmente a la misma expresión del contrario, el peronismo.
LA OPCIÓN
Ese proyecto está agotado y
es incapaz de generar respuestas para la actual realidad. Ningún futuro puede
partir de una concepción exhausta. Para visualizarle alternativas puede ser oportuno
reflexionar sobre el sentido inicial de nuestra sociedad política y tratar de
traducir a nuestro tiempo ese significado fundacional.
Para buscar sentido a
nuestro país puede ser útil traer a nuestro tiempo el escudo que armó Carlos
III. Un escudo tiene sentido por las partes que resguarda, con ello el sentido
de nuestro país debe buscarse en su pertenencia a algo mayor. Trayendo esa idea
a la actualidad sudamericana, cuyo elemento novedoso hoy parece ser la
superación de la secular tensión entre Brasil
y Argentina, el papel que debería asumir un país que articula
armoniosamente los modos culturales del Atlántico con el Pacífico es la de
oficiar de eje entre Brasil y el resto de la Sudamérica castellana.
Aceptando esta función para
nuestro país, se potencia la fuerza de los pueblos del continente, se compensa
la asimetría entre Brasil y los pueblos castellanos y se posibilita una cabal
integración entre los dos extremos de nuestro mundo: una Venezuela, un Brasil y
un Uruguay de culturas plenamente atlántica tienen en la Argentina integrada un
puente con los países cuya cultura es la del Pacífico. Se nos abre una
dimensión continental.
Para ello, el primer paso
consiste en desatar las frases hechas que conforman los mitos justificatorios
de ese país falso, el segundo es crear una sociedad orientada a la producción
de los bienes que necesita, recrear jerarquías, dar su lugar a las partes,
revalorizar la eficacia y respetar la subsistencia de todos sus miembros, el
tercero es contra la inercia de pensar a las dos Argentinas como contrapuestas,
dándoles un lugar a cada una dentro de un mismo proyecto se acaba toda
dicotomía. Pero es claro que este párrafo no puede agotar el camino, este es
una construcción histórica y común de nuestro pueblo.
CONCLUSIONES
Las diferencias culturales existentes entre las sociedades sudamericanas desarrolladas sobre el Pacífico y las que lo hicieron sobre el Atlántico perduran hasta el presente y condicionaron rumbos históricos diferentes.
El espacio político instalado
por España en el Río de la Plata originariamente había tenido una raíz propia y
un destino natural: la defensa de la sociedad indiana desde el cono sur. Este
sentido le requería integrarse al mundo del Perú a partir de los valores
comunes de la indianidad.
Lejos de ello, la Argentina
independiente, liberada de todo compromiso de resguardar al continente comenzó
a desarrollar al máximo algunos aspectos propios de su cultura atlántica dominante
y construyó una sociedad en la que se reemplaza la cohesión cultural por
substitutos funcionales: mitos, leyes, una historia, héroes fundantes y un
comportamiento esperado, olvidándose que para tener sentido no se bastaba a sí
misma: le faltaba el otro, la Argentina indiana.
Este proyecto fracasaría
por su debilidad estructural. La crisis actual se relaciona directamente con
esta debilidad. Es muy posible que retomando el sentido originario de nuestro espacio
político se acceda a la posibilidad de superación final de la misma. Para ello
se debe retomar un sentido vinculado a las condiciones de existencia de la
región, actualizándolo a nuestra época.
Todo indica que una
adecuación a hoy día del esquema defensivo español basado en la idea de escudo
puede obtenerse mediante una función articuladora de los espacios culturales
castellanos y portugueses. Se conserva la idea de pertenencia a algo mayor, se
incorpora la actual superación de la vieja tensión entre Brasil y Argentina y
seguimos hablando de una función defensiva, en este caso dinámica, más acorde
al contexto actual. De este modo se potencia la fuerza de los pueblos del
continente, se compensa la asimetría entre Brasil y los pueblos castellanos y
se posibilita una cabal integración sociopolítica entre las diversas matrices
culturales de nuestro mundo
Para ello la Argentina debe
presentar consistencia frente a los otros países del subcontinente,
recomponiendo su sistema social y político, sus grupos dirigentes y sus ideas
rectoras. Los criterios desarrollados por la experiencia del peronismo al
respecto son válidos, tanto en lo pertinente al papel del estado y al modelo de
integración social que propone como en cuanto al cometido que le asigna a la
soberanía y a la integración regional.
Lizardo Sánchez
Córdoba, octubre de 2002
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