El sistema imperial
El texto que sigue fue publicado en El Protagonista N° 8 en enero de 2003, órgano de la agrupación peronista Protagonismo del Pueblo.
El mal es árbol que crece
Y que cortado retoña;
La gente esperta o bisoña
Sufre de infinitos modos;
La tierra es madre de todos,
Pero también da ponzoña. [1]
Una de las posibles claves para comprender hechos aparentemente contradictorios de los procesos mundiales que vivimos puede estar en que este es un tiempo de pasaje entre distintos focos de dominación internacional.
Desde el nacimiento de los estados nacionales hasta 1945 los focos de dominación han estado intimamente vinculados a estructuras de poder cuyos centros decisionales integraban o aprovechaban la estructura estatal de algún país hegemónico.
El proceso de expansión español fue coincidente con la génesis del estado español, por ello ambos sé interrelacionaron y se influenciaron mutuamente. En España cuidando de separar las instituciones indianas de las metropolitanas, y en Indias montando estados virreynales de clara filiación con el modelo castellano. Con menos componentes y con alguna menor complejidad en sus espacios periféricos, el desarrollo colonial portugués fue similar al español.
Analizando los procesos de expansión de los otros países europeos vemos la consolidación de un sistema cuyos orígenes podemos ya observar en la expansión española, la aparición de iniciativas de orden privado. Pero mientras que en España en general no pasó de niveles embrionarios como los adelantados o los alemanes Alfinguer o Welser en Venezuela, en estos casos ya suponía la presencia de una compañía comercial, habitualmente con derechos monopólicos sobre una determinada región otorgados por el rey.
El mayor desarrollo capitalista de estas compañías, así como la consolidación del campo industrial y financiero, permitieron que la expansión colonial francesa, alemana e inglesa de a poco se fuese determinando como un acuerdo entre las empresas locales y el respectivo estado nacional. El enfrentamiento entre estas esferas de expansión, la lucha por los mercados y las colonias, se estructuraría mediante guerras entre aparatos estatales.
A inicios del siglo XIX la Santa Alianza se manifiesta como un primer ensayo de ordenamiento mediante una estructura superestatal. Esa idea se repetiría luego de la gran guerra del catorce con la Sociedad de las Naciones. Vemos así que tras las dos primeras grandes guerras europeas se intenta crear alguna estructura que contenga los conflictos interestatales.
Mientras se desarrolla este proceso, en el norte de América evoluciona otro. Desde la independencia de las colonias inglesas estas van gestando un país en torno a un sistema de relaciones entre algunos de sus habitantes: los ciudadanos. Esta sociedad no se organiza sobre la base de una pausada conjunción de tradiciones históricas propias del pueblo que va conformando la nueva sociedad, sino a partir de una parte de las tradiciones políticas que heredaba de Inglaterra, el sistema político, dejando abierto todo lo demás.
A partir de la racionalidad propia del siglo XVII era posible pensar de ese modo. Se propone un sistema para ciudadanos: sistema y ciudadanos en abstracto. Tan es así que ni siquiera nombre propio tiene esa construcción, simplemente se señala que son los Estados que se han Unido en el norte de América.
Las bases de estos dos procesos son muy diferentes. En el primer caso se está siguiendo una evolución iniciada a la caída del Imperio Romano, en la que sistemas sociales, políticos y filosóficos sé autorreferencian a través de todas las tensiones que supone su interacción.
En el caso de los Estados Unidos se inicia desde un punto de partida que no ignora su propia tradición política, pero encuadrando esa tradición en una escuela filosófica con fuerte presencia en el mundo anglosajón del momento: el utilitarismo. Para este pensamiento las acciones son buenas si tienden a procurar la mayor felicidad para el mayor número de personas, y la felicidad es equivalente al placer. Así, mediante una especie de cálculo matemático/moral de los placeres y las penas, se podría llegar a decir cuando una acción es buena o mala. La moralidad de una acción está en función de la cantidad de individuos para los que es beneficiosa.
Y muy posiblemente aquí esté el núcleo de la cultura norteamericana. Es simplemente el establecimiento de un sistema de reglas de juego, para todos los que quieran habitar el territorio en donde ellas rigen. Valga la digresión siguiente: nuestros constituyentes pensaban en algo así cuando diseñaron el modelo de la Argentina posterior a Caseros.
Cierto que los norteamericanos habían incorporado al inicio de su historia un componente religioso a modo de complemento, encauzador de la voluntad y el hedonismo, pero el puritanismo es una expresión religiosa demasiado mundana y ligada al pensamiento anglosajón para haber sido un eficaz freno a los vicios del sistema creado.
Ese sistema se desarrolló formidablemente. En pocos años, la falta de tradiciones que interfirieran en sus esquemas básicos, así como el hecho de estar este esquema intimamente vinculado al cuerpo general de la tradición anglosajona, para ellos propia, permitieron una expansión muy grande: en 72 años llegan al Pacífico, en 122 obtienen territorios del otro lado del mismo, en 132 años por Panamá conectan sus dos costas, y en 142 años forman parte de los vencedores de la primera guerra, ya son potencia mundial.
Ese esquema lleva en sí mismo sus propios límites. No solo crece la Nación, una Nación que hemos visto es mas un sistema que una Nación tal cual es común reconocer, sino que tiende a crecer el sistema por encima de la misma Nación, pues no es un sistema de creencias y valores lo que modela al todo, sino un simple sistema contractual. Y llega el momento en que la identidad de intereses entre las diversas partes del sistema son superiores al elemento que debería ser el ordenador entre ellas, el Estado. Razón por la que le dan la elección del 2000 a Bush, por necesidad de aquellas partes del sistema, que ya son más poderosas que el mismo Estado Norteamericano y que sus propias reglas de juego.
Muy posiblemente nos cueste entender la identidad de intereses, pues estamos habituados a pensar que dificilmente los sectores privados pueden compatibilizarlos con un estado o con una población, pero debemos recordar que estos tres factores se iniciaron desde dentro del sistema del cual estamos hablando.
Desde fines de la segunda guerra, 1945, las grandes corporaciones económicas van adquiriendo un poder cada vez mas manifiesto y más independiente de los intereses de la nación en la cual nacieron, y si persiste la identidad de intereses es porque ahora son ellas quienes los señalan y determinan a las otras partes en cuanto a los mismos.
Todo el siglo XX occidental fue recorrido por la búsqueda de la salida al régimen anterior. Fascismo, Nazismo, Falangismo, Comunismo, Socialismo y Populismo no han sido sino los nombres de las opciones planteadas. La principal de ellas, al menos la más duradera y la que en mayor medida se alcanzó a instalar en el mundo fue el comunismo. Y el comunismo compartió con Estados Unidos su condición de sistema. Por algo el país desde el que se propagó tampoco aceptó tener un nombre propio, el nombre adoptado señalaba que era una Unión de Repúblicas que compartían un sistema económico Socialista regido por un sistema de poder Soviético.
Ya no estamos frente a un Estado expansionista. Desde hace mucho estamos invadidos por un sistema económico que, aparecido en y vinculado al estado norteamericano, ahora lo usa, pues está por encima del mismo y sin competidores inaceptados a la vista. Y por estar por encima del estado instrumentado, se siente por encima de los estados naciones. Quizá por ello no nos sea fácil comprender las claves de la actual realidad,
Explica el desenmascaramiento de la aplicación de lo que le dicta sus intereses por encima de su hasta ahora cuerpo de valores. Eso explica la descarnada actitud frente al petróleo, bajo el nombre de política en Medio Oriente en Venezuela y Afganistán.
Y esta es la consecuencia natural de aceptar que la cooperación inconsciente de los individuos que trabajan en pro de sus intereses produce como resultado la satisfacción de los deseos de la comunidad, pues si los valores se basan en los placeres y las penas, las teorías del derecho y de la ley natural no son válidas
Lizardo Sánchez
Córdoba, 21 de diciembre de 2002.
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