El Peronismo, los populismos y las dos modernidades.
El siguiente texto fue publicado en la revista
Peronistas para el debate nacional N°4, septiembre de 2003.
El 12 de octubre de 1492 tres carabelas españolas llegan a unas islas desconocidas, su Almirante las explora, declara que forman parte del Asia y vuelve a España con unos nativos para su venta como esclavos, ayudando de ese modo ayudar a costear la expedición.
Sobre el punto de la venta de los
cautivos de Colón se produce un pequeño hecho de inmensa significación. Al
contrario de las costumbres de la época, a los pocos días de la autorización
real para venderlos, Colón recibe una contraorden que congela el permiso, y
tras un análisis del caso, tres meses después se anula definitivamente ese
permiso. Se declara oficialmente que esos cautivos eran personas, que estaban
al cuidado de los reyes de España, y que debían ser devueltos a sus lugares de origen.
Ese simple hecho se constituye en
la primera ocasión que en la historia queda registrado un documento oficial por
el cual se declara que el otro, el ajeno, es de por si persona libre con toda
su dignidad.
Posteriormente desde España
saldría una corriente fundadora que a lo largo de trescientos años vertebraría
una nueva sociedad, la americana.
Lo que llevó a entender al otro
como persona nos habla de un cambio en la realidad cultural de Europa. Se deja
atrás la antigüedad y el medioevo y se pasa a una concepción moderna del mundo,
en donde el hombre va ocupando un espacio por sí mismo en el centro de su
escena.
Esa realidad no se limita a
reconocer como humanos a los otros, sino que lleva a asumir un sentido fundante
de sociedades, dándoles entidad propia. No fue un trasplante de europeos a una
colonia, sino la fundación de nuestro espacio cultural original, el reino de Indias.
Este impulso tendría pleno vigor
durante los siguientes 120 años. Luego seguiría una cierta inercia, y tras la
renovación de Carlos III entraría en una natural decadencia. No ocurrió sino el
proceso usual de toda construcción humana.
Producto de esa primera
modernidad somos los pueblos americanos.
En la centuria siguiente al
inicio de esa modernidad, otros países, menos excéntricos a la cultura europea
que España, despliegan un proceso más o menos similar. Se expanden, exploran
territorios, pero en este caso no fundan sociedades, crean colonias, trasplantan
lo propio desplazando en la medida de lo posible a lo preexistente. Francia en
Canadá, Inglaterra en el noreste de Norteamérica, Holanda, en el Caribe. Entran
a sus respectivas modernidades. Sería un proceso diferente. De clara exacción o
de trasplante, pero no de fundación de nuevas sociedades.
No dejamos de observar que el
proceso desarrollado por España estaría lleno de desacatos a la intención
originaria, y que por doquier se encontrarán ejemplos de exacción y esclavitud
de los aborígenes, pero ese no era el diseño oficial del modelo. Reiteradas
veces se manifiesta la voluntad política del Estado español en orden a poner
límites a los excesos de sus vasallos en Indias. Alfaro, Matienzo, las Casas
son ejemplo de ello así como los innumerables gobernantes que no pasaran bien
el correspondiente juicio de residencia.
Esa diferencia marca la distancia
entre ambas concepciones de la modernidad. La primera incorpora la existencia
de un deber ser objetivo respecto de si, por lo que le asigna un espacio al
otro, un papel moderador a la política, y un sentido misional consistente en
llevarse a si misma para fundirse con lo existente en los espacios en que se
instala, más allá de poder organizar efectivamente todos los instrumentos
capaces de evitar las extralimitaciones a la intención.
La segunda modernidad tiene un
componente utilitarista que la haría navegar desde la justificación teológica
hasta el relativismo, pero su consecuencia sería uniforme: la negación del
otro.
La más simple prueba es la
proporción de mestizos en uno y otro espacio.
Saltando en el tiempo, llegamos a
nuestra independencia. Producto de un proceso en el cual tiene mucha influencia
la decadencia de España, la intelectualidad de la época se niega a sí misma
como lo que era, española, perteneciente a un determinado espacio cultural, y
siente la necesidad de pertenecer al espacio al cual no pertenecía.
Esa contradicción funcional a
Inglaterra, que desde Trafalgar se había constituido en la potencia dominante,
tendría largas consecuencias para nosotros.
Comenzamos a buscar nuestra
imagen en espejos que no la podían reflejar, comenzamos a inventarnos
descripciones que satisficieran esa necesidad de ser algo. Ese proceso llevaría
a confundirnos en nuestra propia identidad.
En el caso particular de la
Argentina, dimos por inexistentes las cuatro quintas partes de nuestra historia
y dibujamos un pasado acorde a nuestro gusto y al futuro deseado. Alberdi, Mitre
y Sarmiento dieron forma a un modelo de patria y nación al que era obligatorio
adscribirse, y se lo comenzó a enseñar desde niños a las nuevas generaciones.
No había otra cosa, o si se la encontraba era despreciable. Era barbarie.
Poco más o menos eso iba a suceder
en todo el continente. Como ya se ha dicho, era funcional al nuevo imperio y a
las clases dominantes que mariscaban con eso.
Los pueblos americanos somos
producto de esa primera modernidad. Con el inconveniente de ignorarlo.
La historia no desaparece. Está
en cada una de las cosas que forman el presente. Los valores de la modernidad a
la cual pertenecemos una y otra vez se manifiestan durante el siglo XIX
oponiéndose a la instalación de las nuevas formas, y ya en el siglo XX a través
de un producto político específicamente iberoamericano: el populismo.
Expresión de una intención inacabada, es una
clara intención de construcción desde lo propio. Hipólito Yrigoyen, Haya de la
Torre, Lázaro Cárdenas, Velazco Ibarra, Getulio Vargas, Germán Busch, Luis
Alberto de Herrera, Wilson Ferreira Aldunate, Ernesto Paz Estenssoro, Juan
Domingo Perón, Juan Bosch, Omar Torrijos, Hugo Chávez son algunos de una larga
lista de políticos que desde México a la Argentina intentan volver a unir
fondos con superficies, tratando de conducir a sus pueblos por el camino de su
propia identidad. En ocasiones con la limitación de pensar desde donde los
había situado el colonizado pensamiento postcolonial iberoamericano, en
ocasiones más libres de ella.
No ha sido sino la lucha por
elaborar un instrumento propio en los tiempos en que impera una lógica
dominante que inhibe de hacerlo, pues, cerrada en si misma, obligó a nuestros
pueblos a pensarse desde una experiencia que les es ajena
El Peronismo no ha sido ajeno a
esa realidad, intención y limitación. Heredero
de un radicalismo que aceptó la lógica de la segunda modernidad
rechazando sus consecuencias, heredero del nacionalismo que se amparó en el
revisionismo para encontrar algún hilván con la identidad, el peronismo apeló
muy fuertemente al rechazo de las consecuencias y a la identidad en mayor
medida que lo que la trampa de espejos y reflejos soportaba, pero desde la
fuerza de la urgencia y la intuición. No en vicio mientras se rescataba lo
criollo los ferrocarriles se denominaron Mitre, Sarmiento, Roca y Urquiza.
Quizá haya sido Arturo Jauretche el primero en salir por el otro lado de la
trampa. Autor de la yapa a Los Profetas del Odio, en La Colonización Pedagógica
amplió las bases que Saldías y Ernesto Palacio, entre otros, habían marcado
para la comprensión de la historia. Permite ordenar la valiosa producción
intelectual anterior y convertirla en instrumento político.
Con esa clave de interpretación,
aceptada por diferentes sectores del movimiento al fin de la vida de Perón,
quizá hubiese sido posible pegar un salto cualitativo en la comprensión y
expresión de nuestra identidad, oportunidad cortada por el golpe del 76.
Estamos en un momento de
inflexión a escala mundial. La principal potencia se aparta del sistema que decididamente
ayudó a edificar durante cien años, poniéndose por encima de sus reglas y
compromisos. Los valores políticos aceptados son los procedentes del
racionalismo relativista. Los estados nacionales sufren presiones que parecen
orientadas a desplazarlos por conglomerados económicos y las sociedades se sacuden
ya sea con la aplicación a fondo del relativismo de la segunda modernidad o
con la marginación a que son
arrinconados los pueblos.
Situación inestable si la hay, los Estados Unidos están sobregirando respecto de su real magnitud económica y la economía mundial está sobrevaluada respecto de su dimensión real. La salida reiterada a esta situación ha sido la expansión imperial o la guerra.
El peronismo ha manifestado algo
singular. De todos los populismos iberoamericanos ya mencionados es el que ha
durado más tiempo como expresión política vigente. Interpretado por todos,
utilizado por algunos, traicionado por Menem, herido, confuso y desorganizado
aparece por detrás del partido justicialista ofreciéndole a Kirchner una base
sobre la que aún puede afirmarse.
Teniendo inmediatamente atrás al
lavado que significó el proceso del 76, la introducción a presión del discurso
supuestamente modernizador de la renovación de los ochenta y la traición
posterior de Menem, el peronismo se enfrenta a los riesgos de aceptar la lógica
del adversario para acomodar sus cargas.
Es fuerte la invitación a aceptar el neoliberalismo para lo económico,
el progesismo para lo social y cultural y el relativismo para todo.
Es probable que sea un buen
recaudo hacia el futuro repensarnos desde esa modernidad inacabada, la nuestra,
buscarle las instancias vigentes para nuestra situación, organizarnos en torno
a las mismas, explicitar un lenguaje que permita distinguir la distancia entre
nosotros y ellos, y desde ahí comenzar la reconstrucción de nuestras patrias.
En definitiva, comenzar a saber
el producto de cual modernidad somos los pueblos americanos.
Lizardo Sánchez
Córdoba, 2003
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