El arte y las retóricas ideológicas.
Publicado en Propuestas para un Proyecto Argentino, editado por el Instituto para el Modelo Argentino y distribuido acompañando la edición de Página 12 el 7 de febrero de 2005.
Con frecuencia recurrimos a retóricas que a fuerza de repetición aceptamos sin reflexión. ¿A qué nos referimos cuando hablamos de un arte nacional y popular? ¿Cuál es el criterio que se aplica para calificar de tal manera a tan diversas expresiones, y cuál el que justifica condenar a otras como elitistas y/o extranjerizantes? ¿Popular es lo que todo el mundo conoce? ¿Lo que es fácil de comprender? ¿Lo que es difícil es elitista y por lo tanto, enemigo de lo popular?
Creo que es imprescindible que nos pongamos de acuerdo con el significado que otorgamos a diversos términos. A tal fin puede ser útil describir el fenómeno del arte con una parábola.
Los pueblos exhiben un impulso instintivo para la creación de formas artísticas. Esta creación es lo que denominaremos Arte Popular. Los artistas son anónimos y reciben de sus mayores una tradición que no ha sido estructurada en una teoría. Repiten formas, colores y sonidos que expresan valores y sentimientos profundos de un modo de ser colectivo. No necesariamente es un producto tosco y sin méritos. Muchas veces alcanza la belleza de una obra acabada con el valor agregado que da la fuerza de su autenticidad.
Entre los que ejercen esa actividad, algunos dedican mayores energías, más tiempo, o simplemente lo hacen con más talento. Ya no conforma repetir lo aprendido de los mayores. El arte se vuelve una actividad conciente de sí misma y surge la reflexión sobre la técnica y los fundamentos estéticos. Aunque el artista deja de ser estrictamente “popular” mantiene un vínculo con esas expresiones en las cuales ha abrevado para construir su arte. Por extensión, a este tipo de artistas se los puede llamar populares. Pero esa complejidad creciente conducirá inevitablemente a un salto cualitativo. El que quiera aprenderlo con ese grado de elaboración, ya no podrá remitirse espontáneamente a la tradición. Deberá recurrir a maestros, quienes habrán elaborado distintas especializaciones y herramientas técnicas y habrán perfeccionado los métodos para transmitir ese conocimiento. Así surge la Academia, entendida como el cuerpo teórico que acumula y sistematiza los conocimientos adquiridos por las generaciones precedentes.
La conciencia de estar ejerciendo un hecho artístico hace que el artista se concentre en el lenguaje propio del arte más que en los contenidos. Las búsquedas que desarrolla un creador honesto que sigue su intuición pueden volverse incomprensibles para quienes no han seguido de cerca el proceso en el que se generaron. Y seguirlo implica no sólo un problema de información sino desarrollar una facultad nueva. De alguna manera el que aprecia la obra de arte también es un artista. Ha elegido acompañar la creación informándose y dedicando parte de su tiempo a formar su sensibilidad y su criterio.
Ya sea por su naturaleza o por una elección personal, hay personas que no reparan en absoluto en el fenómeno artístico y otras a las que les interesa determinada disciplina y no otras. Nadie puede estar al tanto de todo lo que ocurre en las artes y las ciencias. Y aquí podemos hablar de esa vieja polémica que plantea que los artistas deberían crear sus obras para el pueblo y en consecuencia si no son fácilmente comprensibles por todos su obra no es “popular”, es un arte “elitista”. Esta idea sólo ha servido para confundir el debate (y para provocar desastres cuando desde la gestión de estado se pretende obrar en consecuencia)Deberíamos comprender que cualquier actividad humana necesita de un aprendizaje para que podamos participar de ella. Nada hay más popular que el fútbol. Sin embargo para ir a la cancha y disfrutar del espectáculo deberemos conocer elementales reglas del juego.
La relación entre arte popular y arte elaborado implica que ambos términos de la ecuación mantienen una relación dialéctica, de mutua influencia, y en ese caso podremos decir que existe un arte nacional sin importar a cuál de ambos estamentos pertenezca la obra en cuestión. La “complejidad” de uno se basa en un desarrollo del otro, como ocurre con el tango desde sus orígenes populares hasta Piazzolla. Inversamente, ocurre que las conquistas del gran arte aportan enriquecimiento y estímulo para el arte popular. Si la distancia entre ambos términos es excesiva o, peor aún, no existe relación alguna se puede decir que existe una fractura cultural. Esa fractura se produce cuando las elites o vanguardias se desvinculan del proceso cultural de la comunidad y, encandilados por los brillos de otras culturas, copian mecánicamente sus formas. Esto constituye una debilidad profunda para una nación. Esto no pretende ser un rechazo de cualquier influencia externa. En la historia de la humanidad el diálogo de las culturas ha producido resultados brillantes. Nuestras principales expresiones folclóricas y el tango, son producto de intercambios culturales. Pero es muy distinto hablar de diálogo (que supone una relación entre pares) a la imposición de un sistema de pensamiento y valores sin dar lugar a ningún tipo de asimilación. Somos tributarios de la cultura europea (entre otras). ¿Por qué no habríamos de adoptar los muchos productos brillantes que en la tecnología, las artes y el conocimiento humano en general esa civilización ha producido? Sólo que esos productos deben ser mirados desde nuestra propia necesidad. Tomaremos lo que nos sirve y descartaremos lo que no. Nos reservaremos el derecho de modificarlo para enriquecimiento de nuestra propia evolución cultural. Y sobre todo, tendremos el valor de ser arbitrarios siguiendo nuestra intuición. Es decir: crearemos nuestro propio universo de símbolos, imágenes y sonidos.
Pero para que ese proceso de apropiación y asimilación tenga lugar debe intervenir un factor clave que es el tiempo. Y es precisamente lo que niega una forma distinta de cultura.
La cultura de masas, consecuencia de la revolución tecnológica y del surgimiento de las grandes concentraciones humanas, modifica la relación entre arte popular y arte elaborado tal como la hemos descrito, sometiendo a ambos extremos a una lógica de mercado. Impone productos que gozan de una “popularidad” de rating, pero nada tienen que ver con el arte popular. Por otro lado, obliga sutilmente a las expresiones del arte más elaborado a limar sus aristas “impopulares” y ajustarse a las necesidades de la venta masiva. Fenómeno nuevo y contradictorio, participa de la información y las expresiones artísticas a millones de personas, aunque también se presta para la manipulación poco inocente de opiniones, valores e ideologías. Induce a la pasividad de momento en que las masas se transforman en mero público consumidor. Pero también es escenario donde se desarrollan notables fenómenos culturales que unen lo masivo con el arte más elaborado. Gracias estas expresiones, grandes sectores de público han desarrollado una comprensión de los lenguajes artísticos impensable en otras épocas. Con la cultura de masas, el arte se transforma en industria y con esto surgen interrogantes sobre la esencia del hecho artístico y su rol en la comunidad. El desafío que se plantea no es sencillo. Pero cualquiera sea el rumbo elegido, una cosa no deberá perderse de vista: el impulso artístico puro, espontáneo y sin intermediarios es una de las conquistas más altas y nobles que presenta la evolución de la especie humana. El arte, junto con el impulso religioso y la construcción del mito colectivo es el sustento espiritual del hombre como ser social y deberá ser preservado como una referencia para retomar el rumbo correcto cuando sea necesario.
Guillermo MacLoughlin (artista plástico)
Buenos Aires, 2005
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