La cultura y el peronismo

Publicado en la revista PERONISTAS, editada por el CEPAG (Centro de Estudios para la Patria Grande). Autoría de Guillermo Mac Loughlin, agosto de 2004.

Del aluvión zoológico a la derrota y la recuperación

El arte y la literatura están ya muy lejos de ser un simple adorno o pasatiempo para las clases ociosas. Junto con la revolución industrial y la tecnología, surgen los grandes conglomerados urbanos y con las nuevas formas de comunicación aparece la cultura de masas y las industrias culturales como un fenómeno inédito.

Las expresiones culturales son el producto visible de la identidad de un pueblo y en la medida en que nos reconocemos en ellas y sentimos que nos expresan son uno de los polos de una dialéctica que fortalece esa identidad o pertenencia y enriquece la dinámica de su evolución. Esta es una de las funciones sociales que tradicionalmente se le reconoce a la actividad artística, pero a lo largo del último siglo, su importancia se ha proyectado hacia otros campos.

Las disciplinas artísticas intervienen en forma creciente en las distintas etapas del proceso educativo a partir de que se abandona el concepto enciclopédico y se reconoce el papel decisivo del ejercicio de las artes en la formación de alumnos más creativos y con capacidad para desarrollar inteligencia emocional y un pensamiento propio. También se ha valorizado su aplicación como herramienta de prevención y rehabilitación en diversas patologías individuales y sociales.

Donde más visible y profunda es la presencia del arte y la literatura (y sus derivados) es en la vida diaria de millones de personas que se aglomeran en lo que también es una creación de una de las artes del espacio como lo es la arquitectura: las grandes ciudades. Desde el propio escenario que ha creado el ser humano, incluyendo los estímulos que nos rodean, los productos publicitarios, el cine, la TV,  hasta los productos más insignificantes como puede serlo una caja de alfileres, todo trae incorporado en alguna medida arte y diseño. Todo esto es vital comprenderlo por dos razones básicas: 1) el mensaje, ya sea explícito (como en una publicidad) o implícito (en un cuadro abstracto), llega a todas partes, condiciona nuestra vida diaria, nuestras costumbres, induce valores y modos de vivir. Imposible escapar a su influencia. Y 2) la actividad artística  y sus derivados involucran a muchísimas personas que desempeñan tareas directamente o indirectamente  relacionadas con esa actividad. Es decir, el arte, la actividad cultural en general, es económica significativa, crea productos que tienen un valor económico y que pueden exportase. Genera muchos puestos de trabajo. Para percibir la dimensión de la actividad cultural como factor económico, basta decir que en EEUU, las industrias culturales constituyen el segundo rubro en los ingresos por exportaciones.

 

La cultura y el peronismo del aluvión zoológico

El surgimiento del peronismo, como ya se ha dicho, provoca una profunda revolución cultural. El golpe del 55 desaloja a un gobierno de la Casa Rosada, pero la Argentina no volvería a ser la misma. Sin embargo ese peronismo que escandaliza las conciencias pacatas de la época, el del sustrato de la patria sublevada, del aluvión zoológico, de las alpargatas, no es revolucionario en el concepto de cultura. Las prioridades de la época son otras en un contexto signado por la urgencia de atender la gestión de gobierno, organizar y consolidar el movimiento nacional y popular y defender el proyecto naciente de agresiones externas e internas.

Dentro de los objetivos de justicia social, hay que mencionar en un primer plano los esfuerzos del peronismo para extender a todos los beneficios de la educación. Las artes y la literatura son consideradas en los discursos del primer peronismo como un bien para el enriquecimiento espiritual de los individuos y al que todos tienen derecho, aunque complementario de la educación formal. En algún momento se utiliza la palabra cultura para designar la capacidad de convivir civilizadamente o sea como urbanidad, buena convivencia (“Doctrina Peronista”, volumen editado por la Subsecretaría de Informaciones de la Presidencia de la Nación donde se reproducen conceptos de Perón producidos entre 1943 y 1953, ordenados por tema.). Todo esto no se aleja demasiado de la concepción tradicional del liberalismo de lo que es cultura.

Alguien alguna vez me hizo notar que los ferrocarriles nacionalizados por el peronismo reciben como nombres los apellidos de los próceres Sarmiento, Mitre, Urquiza y Roca  junto a los de Belgrano y San Martín. O sea, no se discute la visión de la historia argentina que ha elaborado la historiografía liberal. En ese sentido, podría decirse que el peronismo trasgresor de las alpargatas es mucho más respetuoso de lo que cierta mitología quiere hacer creer de la concepción de la cultura y la educación tal como la predican sus enemigos (sobre todo si se tiene en cuenta los presupuestos sumamente generosos que son otorgados para esos rubros en la época). Sólo que además de predicar y teorizar sobre el valor de la educación y la cultura, el gobierno peronista convierte en una realidad el que todos  pudieran acceder a sus beneficios, tan proclamados desde la retórica por la alianza liberal-conservadora que dirigía los destinos de la Argentina desde 1880.

Con el peronismo de las alpargatas, la Argentina se vuelve pionera en la actividad  cultural, referente de las naciones hispanoparlantes con sus revistas, libros, películas y obras musicales. La Argentina, desde el lejano sur, se transforma, casi sin proponérselo, en alternativa ante el nuevo imperio anglosajón que surge en el hemisferio norte, una de cuyas armas es, precisamente, la industria cultural que desarrollaban con premura febril y total conciencia de su valor como instrumento de penetración y consolidación del proyecto de expansión.

Pero el gran acto revolucionario es posibilitar que un protagonista reprimido y negado por la Argentina liberal-conservadora, la Argentina mestiza o criolla, el “cabecita negra”, el componente indígena, que es más importante y numeroso de lo que se quiere admitir, tenga en sus manos los instrumentos para empezar a ser protagonista.

A través de los canales que abre el peronismo, afirma su presencia en el escenario político para hacer escuchar su propia historia.  Con los instrumentos para desarrollar su música y acompañar su voz,  pinceles para mezclar sus propios colores y sobre todo, con los medios para hacer llegar ese tesoro a sus compatriotas y de esa manera empezar de una vez por todas a escribir la historia común.

Hasta ese momento, hablar de cultura en la Argentina es hablar de mundos paralelos con pocos vasos comunicantes. La clase media y alta  de las grandes ciudades de la pampa húmeda, venera e imita solamente la “cultura universal”, o la así consagrada por Francia e Inglaterra. El folclore en sus distintas variantes es sólo cosa de negros y borrachos. Es parte de la Argentina bárbara que fingen ignorar porque es diferente a la “civilización” a la que aspiran. Apenas si aceptan el tango, exótico producto de los bajos fondos, y eso porque París y otras capitales de mundo lo han santificado con su aprobación.

Pocos años después las expresiones culturales del interior se instalan definitivamente en el panorama cultural de Buenos Aires y otras capitales de la pampa “gringa”. Ritmos y melodías de la tierra se hacen escuchar con dulces texturas de instrumentos indígenas que se suman a los que han tomado del español. En poco tiempo surgirían para el gran público los grandes nombres que sustentarían una evolución antes impensada para la música y la poesía llamadas “folclóricas” pero que en realidad prefiero llamar simplemente nuestra música, nuestra poesía.    

 

La Cultura y el peronismo de los libros

Como lo dice el propio Perón “a veces concepciones mediocres se transforman en grandes realizaciones” (Perón, “Conducción Política”). Siendo creador de algo nuevo, el primer peronismo, ante el imperio de las circunstancias se entrega al torbellino de la acción -“la acción precede a la concepción” (Perón, op.cit) – y en la acción encuentra la palabra, el concepto. Y el concepto genera nuevas acciones y abre potencialidades para las que ya se iniciaron.

Durante el exilio se abre el espacio para la reflexión. Perón desde la distancia logra la hazaña de conducir su movimiento, lleno de complejidades y contradicciones, y el eje peronismo-antiperonismo se mantiene como causa oculta en cada uno de los avatares de la política argentina. También encuentra el espacio para el pensamiento, el intercambio y la observación de los acontecimientos del mundo. Perón se proyecta como hombre de pensamiento.

En “El modelo Argentino” el concepto de cultura ha evolucionado: “Si nuestra sociedad desea preservar su identidad en la etapa universalista que se avecina, deberá conformar y consolidar una arraigada cultura nacional.” “…este carácter de propia de la cultura argentina se ha evidenciado más  en la cultura popular que en la cultura académica, tal vez porque un intelectual puede separarse de su destino histórico por un esfuerzo de abstracción, pero el resto del pueblo, no puede -ni quiere-  renunciar a su historia y a los valores y principios que él mismo ha hecho germinar en su transcurso.”

Un nuevo protagonista marcaría la vuelta de Perón a la Argentina y al poder. La juventud de clase media, universitarios, profesionales, empleados de cuello blanco, la misma clase que antes había constituido la fuerza de choque del antiperonismo comienza a mirar con simpatía al movimiento de los descamisados y su ingreso masivo los lleva a crear sus propias agrupaciones. De pronto, el hecho maldito de la historia política argentina es moda. El peronismo entra a las universidades. Artistas y jóvenes profesores asumen desafiantes su nueva identidad descubriendo que, ante el orden establecido, ser peronista resulta mucho más trasgresor que ser de izquierda. Y surgen los debates ideológicos: peronismo, socialismo, liberación o dependencia, teología de la liberación, lucha armada, reformismo, revolución, son las palabras que buscan un nuevo sentido en el armado de la realidad argentina. Muchos de los recién llegados no han leído a Perón. No han comprendido la profundidad de un fenómeno que aún hoy desconcierta a estudiosos del mundo. En el fondo han dictaminado que el peronismo es un estadio menor en el camino hacia el socialismo. Que siendo una gran fuerza popular, no tiene pensamiento propio y en consecuencia ellos han llegado para llenar ese vacío. El enfrentamiento con los sectores tradicionales del peronismo es una puja por espacios de poder internos que no habría de tener solución. Desde una visión amplia, el desencuentro entre  jóvenes intelectuales de clase media y el movimiento obrero organizado es un episodio trágico que debilitaría al movimiento y sellaría la suerte del peronismo en el poder. Perón no había predicado la alianza de clases solamente como una forma de sumar votos: lo que tenían los unos era lo que le faltaba a los otros.

Más allá de sus pecados originales, lo que en conjunto se dio en llamar “la tendencia” incorpora nuevas prácticas de militancia y organización dentro de las cuales la cultura como herramienta de trabajo cumpliría un rol destacado. El trabajo político y social en los barrios, en las villas, en las aulas se sirve de la apoyatura de grupos musicales, obras de teatro, realización de murales, proyecciones de películas con debate, etc. Junto a estas prácticas surgen grupos de artistas profesionales más o menos identificados con las agrupaciones juveniles.

El peronismo que en su primera época había contado con muy poco más que la adhesión de sectores vinculados a la radio y el cine, ahora comienza a generar artistas que se encuadran abiertamente en sus filas.

Es cierto que estos nuevos peronistas traen consigo un fuerte bagaje de conceptos y prácticas  debidas a su origen de izquierda. Pero el encuentro entre tan distintos actores echaría a andar una compleja alquimia con resultados no previstos.

El Partido Comunista desarrolla desde mucho tiempo antes, una política que apunta a captar y organizar a ese sector de la sociedad que son los artistas e intelectuales, evaluando que el poder de repercusión social que poseen sus voces, sus creaciones y sus opiniones es una herramienta valiosa para desarrollar los objetivos políticos del partido. La estrategia incluye generosos subsidios económicos (compra de obras, financiación de ediciones, becas y viajes a países del bloque socialista,  etc.), creación de algunas empresas culturales (galerías de arte, teatros, cines, etc.) y copamiento de las entidades que agrupan a los artistas. A pesar del esfuerzo desplegado, en el campo conceptual los resultados iban a ser magros. Embretados en los férreos dogmas del “realismo socialista” que había generado el estalinismo, los comunistas argentinos no pueden superar la visión iluminista de la cultura. En el fondo, la misma que sostiene la concepción liberal sólo que con retórica revolucionaria. Ellos, que son los artistas y escritores de “la vanguardia revolucionaria de la clase trabajadora”, tienen la misión de llevar la “Cultura Universal” (con mayúscula) a las víctimas de la ignorancia, “concientizar” a las grandes masas con sus novelas, sus murales, sus obras pictóricas, sus canciones. Muchos notables creadores argentinos, que en algún momento de sus vidas fueron atraídos a las huestes de la vanguardia ilustrada, finalmente se ven obligados a romper de mala manera con la burocracia partidaria para así poder desarrollar su obra. Repiten, como en un espejo del lejano sur, el camino del exilio seguido por brillantes artistas e intelectuales de la Unión Soviética.

En realidad es el  clima de la época –en especial las décadas del 60 y del 70- el que alienta un optimismo excesivo acerca de las posibilidades de las vanguardias artísticas como factor de cambio, generador de conciencia y acción revolucionarias: “Una novela puede llegar a ser el equivalente a veinte mil fusiles”. Como dato curioso, vale consignar que esa ligazón tan íntima y extendida entre arte y política -a la que estamos tan acostumbrados- en rigor sólo tiene lugar en momentos puntuales en América Latina, en la Unión Soviética y en Alemania. 

Sería injusto, no obstante, ignorar a los muchos intelectuales y artistas  de las filas del socialismo que intentan con honestidad y valentía compartir las luchas del pueblo en distintos momentos de la historia. Es en su homenaje que haré mención a uno de los casos más interesantes. La CGT de los argentinos, conducida por el gráfico Raimundo Ongaro, encabeza la resistencia contra la dictadura militar de Onganía-Levingston-Lanuse. Un grupo de artistas plásticos se acerca dejando de lado sus posiciones ideológicas  divergentes y se pone al servicio de la causa obrera. El grupo, que se conoció con el nombre de “Espartaco” e integrado principalmente por Carpani, Sánchez, Mollari, Diz, Bute, Sessano entre otros, diseña e ilustra  afiches, periódicos y publicaciones en general que reflejan y apoyan las convocatorias de esa lucha. Ricardo Carpani, con sus dibujos de expresividad contundente y directa, es quien logra una especial identificación con el pueblo. Sus afiches, destinados a una fugaz presencia en las paredes de la ciudad, adornan durante muchos años las casas de los militantes políticos, unidades básicas y locales de las organizaciones gremiales. Aún hoy, sus dibujos siguen siendo utilizados en convocatorias y publicaciones de los sindicatos.

La idea subyacente que supone que alguien ilustrado va y trasmite la verdad a otro que es el ignorante, para educarlo y “concientizarlo” (y de paso encuadrarlo políticamente en las filas propias) también está presente en la intención de los militantes de las nuevas organizaciones juveniles del peronismo en la década del 70. Sin embargo, como suele ocurrir, en los hechos se iban a generar situaciones distintas, inesperadas.

Desde lo conceptual el peronismo setentista aporta hitos importantes. En 1973, organizado por la Universidad de Río Cuarto se realiza en esa ciudad un Encuentro Interuniversitario de Actividades Culturales. En la apertura de ese encuentro, habla el rector de dicha Universidad, el Lic. Augusto Klappenbach quien luego de hacer consideraciones sobre el rol de las Universidades y de la extensión universitaria, abunda sobre las conflictivas relaciones entre intelectuales, artistas y pueblo. Habla de los “complejos del intelectual” cuando éste trata de entrar en contacto con el medio popular los que resume en dos posiciones igualmente perjudiciales. La primera es el complejo de superioridad… “El intelectual cree tener la justa y saber cómo debe ser la cultura y la sociedad futura y entonces se dirige hacia el pueblo, con todo su esquema mental rígido y perfectamente armado y en la medida en que el pueblo no comparte ese esquema mental declarará que ese pueblo está poco concientizado y volverá a reunirse con su pequeña elite a ver como concientizar al pueblo”.La otra actitud es de una falsa inferioridad, es decir tratar de acercarse al pueblo procurando negar una historia de formación intelectual y cultural que nos guste o no, llevamos encima.” “…el pueblo tiene mucho olfato y suele rechazar esta incorporación ficticia de los intelectuales que tratan de imitar las actitudes populares sin haberlas encarnado realmente, sin tenerlas realmente consustanciadas.”

El equilibrio que propone finalmente consiste en que el artista o intelectual ponga el privilegio que ha tenido de haber podido estudiar, de dominar determinadas técnicas, al servicio del pueblo. “El pueblo no ha tenido acceso a esas técnicas y pienso que una misión fundamental de la universidad, del intelectual cuando se dirige al pueblo, es devolverle esas técnicas que el pueblo no posee…” “…Pero juntamente con este traspaso de los instrumentos que nosotros poseemos al pueblo, tenemos que animarnos a que el pueblo le dé su propio contenido a esos instrumentos: saque sus propias fotos, pinte sus propios cuadros y componga sus propias canciones, aunque no sean de nuestro gusto” “No podemos reemplazar una cultura dependiente, una cultura de dominación, por una cultura de recambio. Esa cultura de recambio no la vamos a elaborar nosotros y si…” lo hiciéramos “… sería tan opresiva como la que queremos reemplazar. Tenemos que animarnos a dejar esos instrumentos en manos del pueblo…” “…para que sea el pueblo mismo el que cargue de contenidos a todo eso, el que elabore la nueva cultura con sus propias manos.”

La Universidad Nacional y Popular de Buenos Aires, bajo el rectorado de Rodolfo Puigross ha participado en dicho encuentro interuniversitario y anuncia un programa de Centros de Cultura y Trabajo en los barrios. Alcanza a instalar uno en el barrio de Mataderos donde se combina la atención de la salud y otros servicios con una intensa actividad cultural que articula el aporte de artistas profesionales con el protagonismo de la gente del barrio. Este centro podría ser considerado el antecedente directo del Plan Cultural en Barrios que luego implementaría el escritor y psicoanalista Guillermo “Pacho” O’Donell en la Capital Federal durante el gobierno de Alfonsín y que aún hoy está vigente.

La práctica militante en villas y barrios en los setenta abre el espacio para un intercambio que, no exento de asperezas y malos entendidos, es, sin embargo, fructífero. Cuando se montan  obras de teatro, ya no son actores que llevan su arte al pueblo. Los grupos empiezan a integrarse con gente de las villas. Los murales ya no son creaciones debidas al genio o el oficio de un  artista sino que éste cumple una función de coordinador general y trasmisor de técnicas,  organiza a chicos y grandes para pintar una pared del barrio. El intercambio es mutuo. La gente recibe técnicas, materiales, guía para un ejercicio artístico, estímulo para ser protagonistas, para desarrollar sus propios contenidos. Los artistas e intelectuales se encuentran trabajando lado a lado con los integrantes de la argentina renegada que traía consigo sus propios valores, su cultura. Y así viven la experiencia necesaria para empezar a comprender el tema central de la cuestión cultural.

Desde la práctica militante confluyen con el pensamiento de quienes como Jauretche, Hernández Arregui, Ascuy, el propio Perón, ya han vinculado la cuestión cultural con el problema de la identidad nacional.

El peronismo de los setenta no tendría el tiempo necesario para profundizar en  una experiencia que prometía resultados interesantes. Pero a partir de ese momento, la cuestión de la identidad surge ineludible, casi obsesiva, cada vez que se debate sobre el tema cultural. Y además, sienta el antecedente de un proceso de protagonismo barrial y descentralización de la actividad cultural.

 

La Cultura y las contradicciones del peronismo de la derrota

Mucho tiempo y sangre son necesarios para desmontar la estructura política, social y cultural que el peronismo ha construido en sus dos primeros gobiernos. Pero no deja de ser una mueca amarga del destino que haya sido un hombre proveniente de sus propias filas al que le tocara enarbolar la bandera de rendición para aplicar “sin anestesia” un experimento neoliberal.

Falta aún la perspectiva que da el tiempo para profundizar el debate sobre una década en la que se dan fenómenos complejos y contradictorios. 

Durante los noventa se verifica un progresivo retiro del estado de sus funciones como principal gestor de la política cultural. En cambio, se produce un avance de grandes corporaciones internacionales y fundaciones que comienzan a tener presencia cada vez más importante en el medio cultural. En muchos casos, se introducen en instituciones del estado –principales museos y centros culturales- mediante el otorgamiento de “donaciones” y aportes económicos. Aunque el modelo tiende a la privatización de la actividad, en la práctica se da con frecuencia un funcionamiento mixto ya que muchos sectores del estado conservan reflejos de otras épocas.

Desde el punto de vista de la infraestructura se amplían los espacios estatales y privados dedicados a la actividad cultural, se fundan museos, nuevos centros culturales y nuevos organismos (Academia Nacional del Tango, Ballet Folclórico Nacional, etc.), se organizan eventos internacionales (Festival del Teatro, Festival del Cine Independiente, Festival de Cine de Mar del Plata, Ferias internacionales de arte, diseño y moda, etc.).

En la producción artística es notable el resurgimiento del cine argentino gracias a la acción del Instituto Nacional de Cinematografía y Audiovisuales (a fines de la década del 90 ya se producen casi sesenta películas por año, muchas de las cuales no se pueden ver por falta de un circuito de distribución). Pero también, a través de prácticas de distribución monopólicas, se vuelve asfixiante la presencia en las carteleras cinematográficas  del cine norteamericano que ya no deja lugar a otras cinematografías. La televisión argentina deja de utilizar “enlatados” (programas, series y películas compradas en el exterior) y comienza a producir algunos ciclos de teleteatro con una calidad artística y de producción desconocidas en nuestro medio. El teatro conserva su empuje habitual y es generador de agrupamientos independientes y vocacionales nuevos. El tango experimenta una nueva época de fervor internacional lo cual atrae miles de turistas de todas partes del mundo. Mientras grandes sectores humildes pierden la posibilidad de acceder a la educación y la cultura, los nuevos ricos que han surgido con el esquema de Cavallo crean con sus hábitos de consumo un pequeño mercado para el arte y el diseño de calidad. También ocurre en este período la liquidación  y/o desnacionalización de una industria editorial que había sido importantísima en el mundo hispanoparlante.

La clase media, sobre todo la de Buenos Aires ha mantenido heroicamente su protagonismo en la actividad cultural. Aún víctima de represiones políticas o de cíclicas catástrofes económicas, jamás ha renunciado a ese rol. Su historia incluye momentos brillantes, como lo son la explosión del teatro independiente, la literatura y las artes en la década del sesenta, la  connivencia entre arte y política en los setenta., el arte como refugio y resistencia durante la dictadura, la efervescencia en las calles, barrios y plazas en los noventa.

¿Pero, qué significado tiene todo esto desde el punto de vista de la identidad nacional?

El diálogo y la integración de los sesenta y setenta se vuelven retórica vacía para grandes sectores  después de la dictadura y la derrota de Malvinas. El fervor por construir un proyecto nacional con justicia social es reemplazado por  una módica aspiración de convivencia a la manera de las democracias liberales que resulta finalmente imposible de sostener en un país dependiente.

Es el momento de la dispersión: sectores de jóvenes de las clases medias urbanas incorporan modas y costumbres. Se agrupan en “tribus” que se identifican con nombres como “Skin Heads”, “Hards”, “Heavies”, “Punks”, y adoptan la correspondiente subcultura en indumentaria, imágenes y sonidos. La clase media se ha desentendido de las penurias de los sectores menos favorecidos y adopta (como ya lo había hecho durante las guerras europeas o los conflictos de España o Vietnam) ejes de confrontación tal como son planteados desde la perspectiva de los Estados Unidos o de la izquierda internacional según las inclinaciones ideológicas del caso. La contradicción “Liberación o Dependencia” ha sido reemplazada por “Democracia o Autoritarismo”, la cual nos retrotrae al planteo sarmientino de “Civilización o Barbarie”. Los dueños del capital y las decisiones dejan la capital para aglutinarse en una ciudad del interior de la provincia. El poder comienza a mudar su sede. La fuerza de las organizaciones libres del pueblo se diluye y, salvo excepciones, carecen de la posibilidad de ser protagonistas en el acontecer cultural. En lo político surge como expresión característica el “progresismo” que es una especie de peronismo que no osa decir su nombre y vaciado de sus contenidos culturales. Y para hacer aún más confuso el panorama, la ideología liberal ha encontrado un espacio de poder dentro del peronismo.

De estos sectores medios, empobrecidos y vapuleados, desilusionados por reiterados fracasos en sus apuestas políticas, atrapados en la nostalgia por el país de sus antepasados y encandilados con los brillos del arte y la cultura de París y Nueva York, es que surgen la mayoría de los artistas e intelectuales porteños.

Los sectores populares, castigados por la miseria y la marginación se repliegan sobre sí mismos y generan sus propias expresiones. Algunas (como la cuestionada “Cumbia Villera”) ventilan desafiantes el resentimiento que ha generado la inequidad de la sociedad argentina.

Un nuevo dato lo aportan nuevas migraciones que provienen de países vecinos y han traído  su bagaje. Y como recién llegados que son, sufren con los prejuicios de los que antes eran los prejuiciados y se aglutinan en cotos cerrados para defenderse mejor.

¿Significa esto el fin de la integración cultural que se insinuaba en las décadas del sesenta y setenta? ¿Se ha abandonado la búsqueda de una identidad cultural para la nación? ¿Es que debemos ir a buscarla solamente en las regiones del interior del país?

La Buenos Aires cosmopolita, punto de encuentro de diversas culturas, puente tendido para influencias que vienen de otros países del mundo y también para proyectar nuestra producción hacia el mundo, también tiene un papel para cumplir en esta épica.

Muchas semillas sembradas han crecido en silencio y la capital es hoy un inmenso laboratorio lleno de compartimentos estancos que coexisten como mundos paralelos. Existen centenares de pequeños emprendimientos que a la manera de los setenta unen en una actividad a los habitantes de villas y barrios con artistas, a veces incluso con intención de emprendimiento productivo. Cada una de estas historias ha evolucionado por su cuenta y probablemente  en ellas, más que en el producto de los artistas profesionales, esté la autenticidad que se necesita. Sobre todo en aquellas que  implican  un trabajo grupal (teatro, murga, música, pintura mural, etc.).

En muchas de estas búsquedas se está construyendo la identidad cultural nacional. En una forma inorgánica, sin conciencia quizás del proceso colectivo que protagonizan. No se preguntan cuál es la identidad nacional, sino que simplemente la ejercen de la única manera en que es posible hacerlo. Siendo profundamente honestos consigo mismos, libres de los condicionamientos que suelen imponer los mercados y las modas a través del aparato de los medios de comunicación masiva. Es decir, con el gesto, la palabra, el color o el grito de una canción que se origina en una necesidad profunda del corazón.

Falta que desde la estructura gubernamental se tome una comprensión cabal de la enorme potencialidad tiene la actividad cultural como herramienta para construir la cohesión social imprescindible en la construcción del proyecto nacional. Sobre todo, debe generar instrumentos para que el sector de los intelectuales y los artistas se sumen a esa tarea común, comprendiendo y respetando su particular forma de ser.

La necesidad de pertenecer, de sentirse parte de una comunidad, de compartir objetivos que trascienden lo meramente personal, es constitutiva del ser humano. Si no existe el sentimiento de que hay un proyecto común, se producirán procesos de desintegración como el que hemos vivido los argentinos. Los artistas e intelectuales no difieren  mucho de otras personas. Necesitan concretar ese imperativo que los lleva a hacer su obra. También necesitan sentir que su arte llega a la comunidad, que logra conmover, provocar una experiencia inédita, ensanchar los límites de la emoción humana, que contribuye para que los individuos sean un poco mejores. Necesitan no sólo expresar su subjetividad, sino también la comunicación con sus semejantes. La imagen del  excéntrico, aislado o incluso enfrentado con la sociedad es una mistificación no del todo inocente de los best-sellers románticos y el cine de Hollywood. Históricamente, esas situaciones han ocurrido, pero son la excepción, no la regla. El mayor anhelo de un artista es producir una obra ante la cual la comunidad se identifique y reconozca. En definitiva, necesitan visualizar una dirección que sea válida para el conjunto al que pertenecen, para poder canalizar sus energías e integrarse a la marcha del pueblo.

¡Lo que necesitan es ser parte de un proyecto nacional!

Si bien el proyecto nacional lo deberemos discutir entre todos los sectores como lo pedía Perón, son los políticos, los referentes sociales, los que deben convocar y conducir ese debate. Y lo más importante, quienes deben generar ya las acciones que den cuerpo y sangre a ese debate nacional, para que no quede en mera divagación académica. En el tema cultural es urgente restablecer el encuentro entre los diversos protagonistas. Los de la pampa húmeda, los del interior, los académicos, los artistas populares, los que pintan, los que escriben, el público, los críticos, etc. Crear desde el estado los espacios institucionales para que ese encuentro ocurra, pero también desde las organizaciones intermedias: sindicatos, centros barriales, partidos políticos, fundaciones, universidades, etc. Y que el intercambio sirva también para fortalecer las organizaciones populares, para recuperar el movimiento nacional y popular. De la acción en conjunto aprenderemos nuevamente que la mejor manera de defendernos del imperialismo cultural que apabulla desde los medios masivos de comunicación, es salir de la pantalla de TV y mirar hacia el ser humano que está a nuestro lado.

Hemos sufrido muchos retrocesos, pero también se ha abierto una nueva oportunidad histórica. Recibimos una herencia valiosa: el legado de Perón y la experiencia de generaciones de militantes que enriquecieron con su gesta y su pensamiento al movimiento nacional y popular.

Sólo nos resta  recordar la parábola que nos cuenta la Biblia sobre qué hacer con los talentos que hemos recibido.  

 

Guillermo Mac Loughlin

Buenos Aires, 2004

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